FERVOR HIPOSTÁTICO-PATRIÓTICO

 

Colau Mas Busquets

 

El comienzo del artículo de Rodríguez Ladreda en la última edición de El Búho  -“La cuestión de la soberanía: a propósito de los nacionalismos vasco y catalán”-  resulta prometedor: un fino olfato analítico puesto al servicio del desenmascaramiento de hipóstasis (así, la idea de democracia). Luego, las pesquisas le conducen al laberinto de los contractualistas clásicos, donde pierde impulso el desenmascaramiento y lo va ganando el enmarañamiento. Su final confirma el dictamen de Bergamín de que puede salirse del laberinto sin haberlo entendido, a juzgar por la viga hipostática que cuelga del ojo de la propia autora sin que parezca percatarse de ello.

 

Resulta que “la soberanía de la nación española es una realidad metaconstitucional”, “anterior ontológicamente a la constitución”. Aseveraciones incontestables si se mantienen  en el plano de la interpretación literal del Preámbulo de la Constitución, del que extrae su justificación Rodríguez Ladreda. Según esto el significado de la Constitución no fue el de iniciar un verdadero proceso constituyente, sino el de servir como un nuevo instrumento jurídico-político del que se dotó el sujeto de la soberanía ya previamente constituido, la nación española. Repito, nada que objetar si nos atenemos a las evidencias fácticas, al curso de los hechos, a la contingencia histórica del año 1978. Pero para Rodríguez Ladreda es algo más: es la premisa de la que deduce la imposibilidad teórica del independentismo vasco o catalán, el absurdo que supone la enajenación de soberanía sobre la integridad del terrirorio nacional. Así, por mor de la preexistencia de la nación española al texto constitucional,  la contingencia histórica que alumbró la Constitución es elevada a necesidad lógica veinticinco años más tarde, descartando de antemano cualquier hipotética revisión del sujeto de soberanía y del espacio territorial. De todas formas, que un argumento sea insostenible racionalmente no implica que no lo sea psicológica o emocionalmente, que es finalmente el suelo del que brotan las pasiones nacionalistas, incluida la del nacionalismo español.

 

Seguramente Rodríguez Ladreda no aceptará ser etiquetada como nacionalista (¡ni siquiera nacionalista española!) y es verdad que los sentimientos de pertenencia a la nación española son por lo general más apagados y menos visibles que los del nacionalismo catalán o vasco. Pero también más arraigados, más profundos y persistentes, incorporados en nuestros hábitos de pensamiento a la manera de los esquemas y rutinas mentales que operan desde el fondo de nuestra conciencia sin que nos demos cuenta. Y ya se sabe que en el debate teórico los prejuicios más peligrosos son aquellos que ignoramos... La prueba está en que la línea argumental de Rodríguez  carga de razón el argumento a contrario sostenido por el nacionalismo periférico, a saber, el que aduce la superación de la contingencia histórica de la transición española para redefinir la cuestión de la soberanía y del territorio.  

 

¿Es posible que a la autora le pase desapercibido su fervor hipostático-patriótico que antepone la verdadera realidad de la nación española a las falsas apariencias de los nacionalismos periféricos? No sólo es posible, sino que es inevitable, a la luz del último párrafo de su artículo. Poco le falta para llegar a considerar la nación española como una entidad preternatural. De lo que no escapa es de su esencialización , concediéndole el estatuto de “realidad ontológica plural”, “resultado de una suma de intereses y esfuerzos”. Su atención al curso histórico, que por su radical contingencia debería servir para desbaratar cualquier idea esencialista de pueblo, estado o nación, sirve en ella para reafirmar su idea inconscientemente hipostasiada de España. Remonta el origen del sujeto constituyente de la soberanía –ese que ya estaba constituido antes de la Constitución del 78- al s. XVI, ignorando que durante los Austrias, la unidad política se asentó sobre todo en el proyecto imperial exterior, y que a pesar de la hegemonía castellana las regiones periféricas resistieron los embates centralizadores de los monarcas españoles, por lo que difícilmente puede hablarse de una nación política. Ésta se gesta con la llegada de los Borbones: es entonces cuando en paralelo con la desmembración del imperio exterior, adquiere protagonismo una política interior destinada a la absorción de estas regiones y a la uniformización completa del Estado.

 

Ahí es donde Rodríguez Ladreda debería situar la génesis histórica de su hipóstasis de la nación española, de la idea de la España una y verdadera.  Aunque tal vez ni por esas se apearía de su asombrosa tesis de que la formación del estado-nación español  “ no es el resultado de la dominación de un reino sobre otros” (como si históricamente hubiera habido otra forma de constituirse los estados-nación) pues siempre le quedaría el recurso de interpretar, por ejemplo, el reinado de Felipe V como un ejemplo de cuidadoso respeto a la “realidad ontológica plural” en la que consiste España desde tiempos inmemoriales.

 

Hasta ese extremo puede llegar la ofuscación causada por las deslumbrantes hipóstasis.