“Los niños que juegan con fuego se mean en la cama”[1]

 

VAMOS A JUGAR CON FUEGO.

 

Reseña miscelánea y comentarios en torno al Ensayo sobre la lucidez de José Saramago

 

Ester Massó Guijarro.

       

 

     José Saramago, con su inexorable buen modo y corrección, lusitana educación y excelente gusto –no exentos de complejidad discursiva-, nos ofrece en su última novela Ensayo sobre la lucidez (abril 2004) una congruente extensión de la metáfora sobre la ceguera blanca que creó en el anterior Ensayo sobre la ceguera (1995); podríamos decir, pienso, que hace una metáfora rizomática, como veremos.     Apuesta como siempre el autor portugués por la educación cívica, la bondad y el trato correcto y humano, por el sentido común sin grandes aspavientos ni revelaciones. Su falta de estridencia textual y expresiva, que es también su falta de aparente estridencia en su lucha, en su rebelión, no precisa ni de tacos ni de rastas ni de indumentarias estilísticas llamativas para convertirlo en uno de lo escritores y pensadores más revolucionarios e incendiarios de nuestra época.     En el Ensayo sobre la lucidez Saramago expresa su confianza en la sociedad civil y en un cierto modo de acracia, desconfiando por el contrario de las democracias representativas, la política partidista y los sistemas electorales. Eleva una burla, incluso, del supuesto de que la autoridad sea absolutamente precisa, y como siempre Saramago se burla con una ironía tan fina que a veces parece transparente... burlando la misma burla: “Nadie, decía, se atreverá a negar que la paciencia del gobierno ha llegado hasta extremos impensables, pero no se le podrá pedir, salvo si se quiere perder, y tal vez para siempre, ese armonioso binomio autoridad-obediencia bajo cuya luz florecieron las más felices sociedades humanas y sin el que, como la historia ampliamente ha demostrado, ni una sola habría sido factible”[2]. Su novela es una muestra del fracaso de ese binomio y de cómo la luz se halla en otros lugares.     Voy a hablar aquí un poco con ustedes, los lectores y lectoras que gusten, de esta ceguera blanca que cuenta  Saramago, de esta insurgencia blanca, de esta LUCIDEZ BLANCA que es la del mismo Saramago, quien reconoce y es capaz de ver la pasmosa sencillez del mundo de lo humano en una ciudad, sencillez al tiempo pertrechada de vericuetos y rincones.     En su Ensayo sobre la lucidez Saramago plantea la situación de una ciudad sin nombre, presunta capital de un país inconcreto, donde la gran mayoría de la población vota en blanco durante las elecciones municipales. Este hecho, fortuito y no premeditado, desata una espiral de sospechas en los mandatarios que acaban por suponer una conspiración ideológico-terrorista de escala mundial detrás de la “rebelión blanquera”, como dan en llamar al suceso, llegando a las máximas consecuencias en lo que consideran que es su obligación moral y estatal de reprimir la presunta revolución.      A raíz de este germen Saramago desarrolla una nueva metáfora sobre el pensamiento y la libertad muy vinculada, como mencioné, a su anterior Ensayo sobre la ceguera; en aquel libro toda la población de un país quedaba inexplicablemente cegada (por una suerte de luz blanca) salvo una mujer anónima, personaje que será clave en la actual novela. Se presume que nos hallamos en el mismo país donde hace cuatro años se padeció la “epidemia blanca”; la comparación con este nuevo tipo de “ceguera” blanca, por el voto, pero más profunda porque es moral, surge rápida en el texto. La ceguera blanca anterior era metáfora pero jugaba con un término imagen muy realista; la “ceguera del voto” tiene aún más miga: votar en blanco ha representado, en realidad, un acto de lucidez (“Digo que el voto en blanco puede ser apreciado como una manifestación de lucidez por parte de quien lo ha usado”[3]), y es sin embargo el gobierno (ofendido, asustado, demasiado fatuo como para reconocer aquella lucidez evanescente en las papeletas) quien establece la comparación con la epidemia anterior, tildando de “ceguera moral” y falta de responsabilidad patria y ciudadana el hecho de que haya sido masivo el voto en blanco (“diremos que la ceguera de esos días ha regresado a la ciudad bajo una nueva forma (...) si esta ceguera, aún más vergonzosa que la otra (...))[4]”. Nos hallamos, pues, no frente a una metáfora a secas sino más bien frente a todo un juego de espejos con metáforas, de rizomas en forma de metáforas, que sólo la agudeza saramágica[5] podía haber hilado con tanta inteligencia.      Escribo parte de este texto en un rincón perdido de la sierra de Albacete, rodeada del temple natural y la vida tranquila de la zona. Es por la tarde y me he sentado en unos tocones de madera que hacen las veces de taburetes en torno a una mesa consistente en una enorme piedra cubierta de una superficie de cemento.     Viene un vecino  de paseo, un anciano que asciende sosegadamente por una cuesta poco pronunciada, con unos pimientos verdes en las manos. Me pregunta si estoy fresca bajo esos pinos y me anuncia que yo estoy estrenando la mesa. Él la hizo “para quien le apeteciera sentarse”. Comenta su preocupación acerca de la estabilidad y la comodidad de los tocones-asientos. Así de llano, humano, amable, generoso. Es un momento saramágico, que se volverá a repetir mañana por la mañana.     Eso es lo que expresa la blancura saramágica, la idea sobre la sociedad civil encarnada en la “ciudad sin nombre”. Y de las paradojas que pueden acontecer cuando lo que en una sociedad o grupo se prevee como alternativa minoritaria se torna inesperadamente mayoritaria. ¿Subyace acaso una contradicción performativa en el planteamiento de nuestras democracias occidentales? No se asume en la novela la posibilidad de una suerte de espontaneidad tácita en el “fenómeno blanquero”; se ha de necesariamente suponer una oscura, maligna fuerza cohesionante. El miedo demonizante, pues, contra la confianza más primaria. El miedo que crea monstruos más terribles de los que teme.     Entre los años setenta y ochenta del pasado siglo el escritor cubano Reinaldo Arenas escribía: “antes de la confesión, yo tenía una gran compañía; mi orgullo. Después de la confesión no tenía nada ya; había perdido mi dignidad y mi rebeldía”[6]. Por contrarrevolucionario y homosexual se hallaba preso en la cárcel castrista de Villa Marista, y estaba siendo extorsionado y torturado para firmar la confesión de la que habla, en la que se retracta de ser él mismo. Por supuesto que nadie con un poco de dignidad moral daría por válida tal firma ni se la tendría en cuenta, y él lo sabía; pero no pudo evitar ese “pocas veces me sentí más miserable”[7] cuando le regresan a su celda tras la confesión.     Porque hay algo de valor en un “no”. Y eso también lo sabía él. Escuché y vi a Saramago por primera vez en una conferencia durante la primavera de 1999 en que fue invitado a la Facultad de Filosofía y Letras de Granada; la sala rebosaba, yo me senté en primera fila, en el suelo, y recuerdo que salí fascinada. José había recibido el Nobel el año anterior y reconozco que yo no había leído nada de él; fui a verlo por pura curiosidad e interés inconsciente, como mucha otra gente de la que llenaba el Aula Magna. Después de aquello me he visto inundada muchas veces por el “aura saramágica” leyendo un buen número de sus libros.     En aquella charla una entrevistadora bastante chata para mi gusto le preguntó, tópicamente, algo así como “usted qué preferiría, ¿sí o no?”. Sólo eso. Saramago dijo un NO rotundo y explicó sus motivaciones, las raigambres combativas y con tintes pesimistas de su NO. Así son sus novelas, profundamente combativas en su discreción y ausencia de estridencias, lúcidamente pesimistas, tiernas además en última instancia, como todo pesimismo ocre que nace de la consciencia, agridulce, condescendiente con todo lo humano.     El NO, el grito silencioso es el que más ensordece porque estamos muy poco acostumbrados al silencio. Marcos emite también una de esas negaciones, de esas insurgencias metafóricas que ensordecen, “negándonos” su rostro tras su pasamontañas cargado de voces y sueños y violencia contenida detrás de él.     Saramago admite además la posibilidad de revocación; pensemos en la figura del comisario, en esa heroicidad suya casi dulce del final de la novela, en esa inconsciente vocación de mártir suicida. “(...) pero hay ocasiones en que me pongo a imaginar lo que podría ser este mundo si todos abriésemos las bocas y no callásemos mientras[8]”.     Los personajes de Saramago a menudo carecen de nombre y, sin embargo, logra que alcancemos con ellos una identificación, una gratitud, una familiaridad ineludibles. Tal vez sea porque son reales. Su bondad, su forma de estar, de ser, de mirar, de afirmar u objetar, de tener miedo, de comer y de hacer el amor, incluso su forma de dormir cuando están enamorados, son cálidamente humanos, no ajenos, aplastantemente simples.     Saramago les concede sus momentos de intimidad durante la novela, como si estuvieran vivos en ese instante y necesitaran descansar de nosotras las impertinentes lectoras y lectores; en sus historias no tenemos acceso a absolutamente toda la intimidad doméstica o sexual de los personajes, sin restricciones. Casi al final del Ensayo sobre la lucidez sucede una comida, presumiblemente importante para el desenlace de la historia, entre tres protagonistas, de la que no se cuenta nada. Respetuoso silencio. “De nobi sibi silemus”, como Boaventura de Sousa[9] cita recordando a Kant. De Sousa Santos[10] es, por cierto, otro portugués bondadoso e intelectualmente potente que, lo que no deja de resultar curioso, habla explícitamente en sus libros de filosofía y análisis social sobre la decencia y el sentido común vulgar (por supuesto que hemos de entender esa decencia liberada de los estrechos márgenes judeocristianos que, por desgracia, nos habían apresado, para ampliarla en su hermoso sentido de limpieza moral. Y qué hay más limpio que el reconocimiento de la impureza... siempre volvemos al mismo lugar).      Saramago muestra así, allí, un respeto y una deferencia reales, tangibles hacia sus personajes, creando un tipo de relación muy verosímil entre ellos y la persona que lee y se aproxima, por tanto, a su vida con delicadeza y lentitud. Hallo aquí una reivindicación, también, solapada y matizada de la lentitud frente al ritmo insoportable, veloz, vertiginoso de la vida contemporánea donde cada hora deja de ser tiempo regido en calendario (o en corazón, que es el reloj más sabio) para convertirse en un itinerario de la prisa... todo está lleno, tan lleno que se desborda y se vacía, por tanto.     Gioconda Belli[11], la feroz poeta nicaragüense, también se asombra, pasmada, de la prisa y de esa velocidad inhumana aunque creada por el ser humano que nos permite viajar de una parte a otra del planeta sin haber vivido, olido, tocado nada diferente... sin que, en realidad, nuestro cuerpo pueda apercibir y aprehender que se ha trasladado; y así, se pregunta qué fronteras reales atravesó. La inhumana prisa (aunque debiéramos reconocer que tristemente humana, ya que para ella no hay más creador que el mismo sapiens sapiens) nos conduce a perder las fronteras, por desgracia las más necesarias, no las otras, las de mentira sobre mapas.     “(...) así lo ha determinado el uso de la modernidad que aborrece lo pintoresco y, como se suele decir, tira a matar antes de preguntar si todavía estás vivo”[12]. En este momento Saramago habla del sombrero, una cuestión bastante baladí en principio, pero la frase adquiere tintes muy hondos en su segunda parte. Tirar a matar antes de saber si la criatura sigue viva es fruto del miedo, y es que innegablemente vivimos en eso: el miedo al escándalo, el miedo a la libertad, el miedo a qué pueda suceder si la mayoría se gobernase en lugar de ser gobernada, el miedo a demasiados idiomas distintos[13], a demasiadas formas de concebir el amor, a demasiadas comidas diferentes, a demasiadas posturas sexuales inmorales, a demasiados entendimientos sobre el poder o las mujeres, miedo a niñas y a animales, a jaleo y a anarquía, miedo a migrantes y muertos de hambre, miedo a la gente, miedo a morir, miedo a vivir. MIEDO MIEDO MIEDO. “(...) pero las verdades hay que repetirlas muchas veces para que no caigan, pobres de ellas, en el olvido”[14].     Al final del libro encontramos cómo “hace la muerte” Saramago, una muerte blanca de nuevo, pero ésta vez de un blanco sin sentido y sin sonido. Hallamos cómo se suspende toda ilusión de dignidad en esos instantes en que los esbirros del gobierno, impersonales e implacables como hombres grises de Momo, van a por el marido de la mujer “vidente”, el oftalmólogo (cuántas pequeñas y grandes ironías, cuántos guiños y silenciosas bromas nos gasta el portugués). Cobardemente y sin explicaciones se le arrebata de su hogar y de su mujer, excelente por cierto donde las haya. Mezquinamente y sin levantar los ojos se rompe esa armonía, esa fuerza invisible, blanca, que emanaba de ellos tanto como de la chica de las gafas oscuras, del viejo de la venda negra, del “perro de las lágrimas”...     Tiene algo de kafkiano la aparente irreversibilidad de los sucesos en sus novelas, sobre todo los relacionados con la burocracia. Muestra a menudo Saramago cómo nos perdemos en esa maraña de términos y plazos grises, de imperativos no morales sino formales, de adscripciones no buscadas ni queridas por nadie, en realidad. Hallamos esa pérdida en Todos los nombres  e incluso en El hombre duplicado, y también en aquella inexorabilidad en las decisiones y discusiones de los ministros en el Ensayo sobre la lucidez; y en ese destino trágico de la ciudad blanquera, condenada, juzgada a priori en general y en particular –la mujer del médico y sus antiguos “protegidos”-. Da igual lo que haga esta ciudad, no serán relevantes los múltiples ejemplos que ofrece sobre su calidad ética y ciudadana, sobre la generosidad de su sociedad; pensemos en la actitud de las amas de casa durante el sitio y la posterior de los barrenderos[15], el suceso con el ladrón, la difusión de las fotocopias del artículo censurado o las ayudas de los vecinos a los miembros del pdd que regresan a sus casas. Está condenada porque dijo “no”... incluso porque dijo “no” aún sin premeditación y alevosía, en un consenso ignorante de serlo, en una increíble coincidencia (aunque Borges diría “cita”[16]). Se ve lo que se quiere ver; no hay acto por brillante y notorio que sea, por digno o emocionante, que convenza al que lo está de antemano sobre lo contrario... que, a fin de cuentas, no hay más ciego que el que no quiere ver –viene muy al caso la sabiduría popular-.     “Se sentía leve, sereno”[17]. Así se queda una cuando no le oprime el peso de lo que no firma, o de lo que se firma por ella.    “A eso se le puede añadir, si se quiere, mi cobardía”[18]. En La insoportable levedad del ser, Kundera explica cómo Tomás pretende ayudar a morir a su amante, Teresa, ésa que ocupa el “lugar poético” de su corazón, llevándola al monte Petrin[19] de Praga cuando considera que será más feliz muriendo que viviendo. Allí, generosas personas anónimas disparaban un tiro con un silenciador en las cabezas de los que optaban morir así, por su voluntad libremente expresada, frente a la opresiva ocupación soviética. Cada uno escogía un árbol y moría a los pies de su árbol. Teresa se retractó de morir, tuvo miedo al final. Por contra, Reinaldo Arenas, que no contó con tan amables contribuyentes a una “muerte de conciencia”, intentó suicidarse en tres ocasiones y no lo consiguió. No quería matarse porque odiara la vida; al contrario, la amaba profundamente, acaso apenas un poco más que a Cuba. Era sólo temor a la delación y a la pérdida de dignidad lo que le apartaba de la vida.     En ningún momento los protagonistas “blanqueros” de Saramago escogen la auto-venta: no confiesan una mentira y ni siquiera temen una muerte que, en su moral inocencia, creo que ni pueden sospechar. Salvo, tal vez, al final, cuando la mujer del médico llora al ver a su marido esposado. Pienso que ahí saben ambos que están perdidos.     Pero ya decía con sabiduría Benedetti que somos impuros y que la impureza hay que elogiarla, buscarla, cultivarla, poseerla, violarla si hace falta... cuando le cantaba al muerto Roque Dalton “le tenías ojeriza a la purezaporque sabías cómo somos de impuros.(...) Por suerte eras impuro, como un poeta,que eso eras, entre muchas otras cosas”[20].  Ester Massó Guijarro.Alicante, agosto y septiembre de 2004.


[1] Citado en Saramago, José (2004): Ensayo sobre la lucidez. Madrid, Alfaguara: 128.
[2] Op. cit.: 136.
[3] Op.cit.: 226.
[4] Op. cit.: 230.
[5] El adjetivo correspondiente al apellido “Saramago” debiera ser “saramaguiano”, entiendo, pero admitamos ese pequeño juego de palabras a lo largo de este texto.
[6] Arenas, Reinaldo (1992): Antes que anochezca. Barcelona, Tusquets, 1992: 231.
[7] Idem.
[8] Saramago, op.cit.: 250.
[9] Ver la introducción en de Sousa Santos, Boaventura (2000): Crítica de la razón indolente. Contra el desperdicio de la experiencia. Bilbao, Descleé, 2003.
[10]  Sobre la fe en la sociedad civil pienso que hallamos un magnífico ejemplo en la experiencia de democracia participativa de Porto Alegre, donde Sousa Santos ha tenido igualmente una gran implicación; como se ve, hay múltiples formas de mostrar y recrear la potencia del/a ciudadano/a de a pie.
[11] Ver su poema “Espejismos de la velocidad”, recogido en su poemario Mi íntima multitud, Madrid, Visor Libros, 2003: 88 y 89.
[12] Saramago, op.cit.: 383.
[13] “los lenguajes son conservadores, van siempre con los archivos a cuestas y detestan las actualizaciones” ; op. cit.: 337. No deja de sorprenderme cómo Saramago emplea símbolos y metáforas de una sabiduría intuitiva y con intensas implicaciones filosóficas, pareciendo que habla de lo común y lo vulgar. En realidad, enseña que todo eso confluye.
[14] Idem: 343.
[15] “Dijeron que los uniformes eran los que estaban de huelga, no ellos”; Saramago, op.cit.: 137.
[16] Ver Borges, Jorge Luis (1949): El Aleph. Madrid, Alianza Editorial, 2003: 97 (“Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita (...)”). La idea de que toda casualidad es una cita reverbera de forma recurrente en los universos borgianos.
[17] Saramago, op.cit.: 397.
[18] Op. cit.: 335.
[19] Ver por ejemplo en Kundera, Milan (1985): La insoportable levedad del ser. Barcelona, Tusquets, 1998: 156.
[20] Elegía “Al poeta salvadoreño Roque Dalton”.