INTERVENCION DE APERTURA A CARGO DE LA AAFi EN EL CONGRESO NACIONAL LA HERENCIA INTELECTUAL Y CIVICA DE GINER DE LOS RIOS Y LA INSTITUCION LIBRE DE ENSEÑANZA.

Alfonso Lázaro Paniagua*


Estimo como un deber de cortesía y de hondo reconocimiento, a un tiempo, iniciar mi turno de palabra en representación de la Asociación Andaluza de Filosofía con muestras de agradecimiento a los congresistas y organizadores del Congreso por el esfuerzo realizado para hacerlo posible. Quiero hacer también mención expresa al afecto y altísima estima con que acogemos la figura intelectual y moral de D. Francisco Giner de los Ríos. Es ésta una ocasión inmejorable de encuentro entre profesores y cultivadores de la filosofía y la educación, razón por la cual podemos felicitarnos tanto la institución universitaria, como las instituciones civiles y municipales, y desearnos los mejores resultados.
Cuando en el congreso de Granada ¿Para qué Filosofía? del 11 al 15 de septiembre de 1.995, un grupo de profesores, aprovechando la ocasión que nos brindaban los organizadores de aquel Congreso, presentamos un bosquejo de Asociación Filosófica y nos convertimos en comisión gestora de la misma, no podíamos imaginar que en breve andadura fuera posible constituir la Asociación de pleno derecho y suscitar tan amplia y generosa acogida que nos permitiera hacernos presentes en toda Andalucía.
Un año después, el Congreso (constituyente) de Córdoba dotó a la Asociación de estatutos democráticos y le encomendó tareas y fines específicos, con el ánimo de defendernos y resistir ante el panorama desmoralizador del futuro de la filosofía y las humanidades, tanto en los planes de estudio como en la presencia pública.
Como lo que nos convoca hoy aquí es fundamentalmente recordar y estudiar la figura de Francisco Giner de los Ríos, es justo hacer memoria y destacar que, aunque no de un modo explícito, sí como un anhelo que busca forma y precisión, la figura de D. Francisco y la Institución Libre de Enseñanza estuvieron en germen en nuestro ánimo. Su pensamiento y su actitud, herederos y fundamentadores al tiempo de una conciencia liberal y democrática, se hacen hoy más necesarios que nunca en nuestro entorno social, político y educativo. A esa conciencia y actitud fuimos sensibles desde el primer momento.
Si los problemas de la España de hoy no son, felizmente, los mismos que impulsaron a los fundadores de la Institución a acometer su reforma educativa, nuevos conflictos estallan en la sociedad post-industrial, muy alejados, es verdad, de aquella sociedad agraria y latifundista, pero no por ello menos apremiantes. La falta de un futuro acogedor, profesionalmente hablando; la excesiva demagogia con que se halaga la suerte de ser joven, incidiendo en una conciencia demasiado desprevenida aún; cierta violencia juvenil, si no excesivamente generalizada, sí tremendamente dramática en algunos focos y casos, todo ello hace pensar que, contra toda previsión, los conflictos no han desaparecido, más bien se han desplazado, por lo que un ideal educativo basado en el aprecio de valores y en la estima de la capacidad dialógica del hombre, es hoy tan estimable como entonces, cuando los ideales de la Institución se abrían paso. No es posible en nuestra tradición afrontar de veras el hecho de la educación, sin volver la vista al momento más fértil que la inspiró. Pocas veces la tradición en España puede llamarse `viva' como aquí, al recordar los ideales de la Institución. El rechazo de la mera instrucción, puestas las miras en una auténtica educación que fortalezca la identidad personal de cada educando, que le infunda la confianza en sí mismo y le abra la conciencia de su propia estima y dignidad -todo lo contrario del engreimiento ensimismado del ego-, que le estimule asimismo en las tareas compartidas, fuente del compañerismo y de la amistad es el suelo y el fruto a un tiempo de toda auténtica educación. Autenticidad que parece heredera del lema de Píndaro: "llega a ser el que eres": lograr que cada persona tense y lleve al máximo su propia capacidad, lejos de toda instrucción uniformadora.
Si es verdad que el estímulo de toda crisis consiste en movilizar nuestros recursos para hacerle frente, evitando así ser arrastrado por ella, la fórmula ante la desorientación y el desánimo, imperante en el sistema educativo, habrá de consistir no en modelos basados en orientaciones limitadas y con el sello de la caducidad propia del ensayo y error, sino en modelos de un humanismo fuerte y robusto que fía en la libertad. Sean las palabras del propio Giner las que den forma a este deseo que abrigamos: "¡De cuán otro modo serviría a la Humanidad una enseñanza severa que, lejos de prevenir complaciente con la trivialidad de sus conceptos la pereza del espíritu inculto y darle con postizos adornos una apariencia mentirosa, lo removiese en sus entrañas, lo reconciliase consigo y excitase en él la fuente de la libertad moral, mostrándole con la palabra y el ejemplo cada vez más anchos y bellos horizontes!". A estas palabras magníficamente dispuesta para ensanchar nuestro horizonte, hoy y aquí añadiríamos estas otras que se atienen a la enseñanza de la filosofía como disciplina académica; es su función -dice Giner- "estimular en nosotros el interés por los problemas universales, la atención hacia ellos y el esfuerzo para disciplinar nuestro pensamiento en su indagación reflexiva". Nos parece, pues, que en la obra de Giner de los Ríos y en la caudalosa herencia de la Institución están esos valores que en nuestro desorientado mundo educativo buscamos. Por ello nos es grato unir nuestros esfuerzos a los de las Universidades de Cádiz y Málaga y al colectivo `Amigos de Giner de los Ríos', que vela por conservar la memoria del maestro en su Ronda natal, a fin de hacer posible este Congreso, cuyo éxito anhelamos desde estas palabras de bienvenida a los congresistas.
Son muchos los logros alcanzados en el tramo de vida de nuestra Asociación y también muchas las limitaciones con que hemos tropezado. La Asociación quiso hacer efectivo lo que la inspira como lema: Sápere aude! ¡(atrévete a pensar)! Abrir cauces por donde discurra el uso público de la razón, atender a la filosofía en su doble vertiente académica y mundana. Era necesario desde el primer momento crear las condiciones para que eso fuera posible. En primer lugar, había que salvar la distancia que, casi siempre provocada por malos entendidos, dividía al profesorado universitario y de enseñanza media, hoy Secundaria obligatoria y Bachillerato. De auténtica brecha de ignorancia mutua podríamos calificar tal división, de consecuencias desastrosas, en este caso, para los profesionales de la Filosofía. La Asociación ha tendido un puente de encuentro entre los profesores de la Universidad y los de Enseñanza Secundaria, consciente de que no es distinta la suerte académica de la Filosofía en ambos niveles. Difícilmente se podrán lograr las facultades de Filosofía que todos deseamos sin cuidar a los alumnos de ESO y Bachillerato infundiéndoles el gusto por el pensamiento y el diálogo. Esa tarea es imposible si no está alimentada por la confianza y colaboración entre profesionales de distintos niveles. En esto fue también la Institución vanguardia, consciente del esfuerzo que la educación tiene que concentrar tanto en la enseñanza de las primeras letras como en los estudios de postgrado. Por nuestra parte, tenemos la impresión, y es una alegría constatable, de que nuestra Asociación ha allanado extraordinariamente la distancia, reconociéndonos unidos en lo que nuestro trabajo tiene de tarea común, más allá de las vanidades y banalidades de rango.
La Asociación ha creado también las condiciones para unir al profesorado, demasiado disperso por razones de destino y en condiciones que no siempre invitan a mantener vivo el interés por la lectura y la investigación. A este respecto, la existencia de la revista ALFA, de cuidada selección, impresión y presentación, en el límite, claro, de nuestras posibilidades, es una ocasión magnífica que entendemos anima a los socios a escribir y publicar, dándonos así un órgano de reconocimiento público entre los asociados que dignifica nuestro trabajo, al que aspiramos darle una proyección cada vez mayor.
Es obligado también, al término de estas palabras, recordar el esfuerzo de muchos socios por participar en encuentros y debates en torno a temas de importancia y actualidad filosófica. Encuentros que propician que la comunidad de profesionales de la filosofía sea algo vivo, antídoto de la rutina que acaba por envenenar algo tan estimulante, en principio, como es el mundo de la educación. Desde aquí os animamos a formar grupos de trabajo en las distintas provincias, a participar activamente en ellos y a difundir mediante recensiones o artículos en la revista ALFA el fruto de vuestras conclusiones.
No quisiera finalizar sin poner el acento en lo mucho que aún nos queda por descubrir y desarrollar el espíritu de Giner. Hoy es posible extender los ideales de la Institución en nuestras tareas pedagógicas. Si en aquella España en que nació sólo una minoría, una vanguardia pudo beneficiarse de su espíritu, ahora es cuestión de darle cabida en nuestras aulas. Una sociedad ya democrática no es una sociedad cerrada, primero porque toda democracia por perfecta que sea es siempre perfectible y, segundo, porque toda nueva generación -y de eso debiéramos saber los profesionales de la enseñanza- incorpora savia nueva a la que debemos estar atentos. D. Américo Castro que siempre recordó emocionadamente a los héroes civiles de la Institución, nos dejó en apretadas líneas la silueta de aquella heroicidad. Creo que merece la pena prestarle atención: "Tarea enorme la emprendida por aquellos hombres, -dice D. Américo-, enorme sobre todo si tenemos a la vista el ambiente de hacia 1880. Luego ha sido fácil incluso hacerles objeciones, y echar de menos muchas cosas. Mas piénsese, imagínese lo que era la sociedad de entonces, la gente de la calle, la universidad, las escuelas, las letras, las ciencias, la cursilería aldeana, la impermeabilidad en suma de un mundo opaco. Ante la política y la vida no cabía sino dejarse absorber por la vulgaridad, o aislarse fieramente, si se poseía el medio de hacerlo. A quien osara formular la terrible pregunta de Larra: "¿Dónde está España?", le respondían como en las ventas antiguas al preguntar qué había de comer: "Lo que vuesa merced traiga". Había, en cierto modo, que inventar y situar a España, comenzando por renunciar a la España visible e inmediata. Una grave ingeniería del espíritu". Hoy es fácil -añadiríamos nosotros- transitar por aquellos puentes y avenidas. Hagámoslo. Muchas gracias.
 
Presidente de la AAFi. Doctor en Filosofía. Profesor del I.E.S. "Ángel Ganivet" de Granada.


Asociación Andaluza de Filosofía.